Comer como consuelo emocional


Hace algunos años en una charla para adolescentes escuché una joven decir “en el colegio me dicen que estoy gorda, pero en vez de ponerme hacer ejercicios o dieta, como más de la cuenta”. Entonces, ¿Cuántas veces nos hemos percatado que seguimos comiendo aun después de sentirnos llenos? El estrés, la comida y las emociones forman un licuado que tiene sabor a aumento de peso, dificultades en la identidad, autoestima y algunas tallas de más.

Cuando comemos por causas emocionales, comemos por razones diferentes a tener hambre. 

Comer porque estamos triste o estresados, puede ayudarnos a sentirnos mejor momentáneamente, pero el malestar o la sensación de insatisfecho sigue allí. A veces esas ganas de comer son más fuertes, cuando se está en el punto más vulnerable emocionalmente.

En la adolescencia esta conducta puede ser propia de jóvenes que prefieren pasar más tiempo conectados con los videojuegos que con las actividades físicas. Muchos pensamos que son descuidados con sus hábitos de salud y nutrición, pero tengamos presente que después de comer, el sistema nervioso genera una sensación de calma y el humor tiene más probabilidades de ser positivo. La comida puede utilizarse como recompensa con efectos tranquilizante y distractor de lo que realmente esta pasando con nuestras emociones.

El comer como recompensa puede ser aprendido, por ejemplo: un niño que logró portarse bien en el salón de clases le damos una golosina o una “cajita feliz” y así sucesivamente, este niño va aprendiendo que cada vez que logra algo debe ser recompensado con dulces o comida. Debemos tomar nota, porque desaprender una conducta adquirida no es fácil, pero tampoco imposible y el primer paso es tomar reconocer que estamos se esta acudiendo a la comida para lograr una satisfacción momentánea.

¿Cómo saber si estamos comiendo como escape emocional?

  • Sentir una necesidad urgente de comer.
  • Antojo por un tipo especifico de alimentos, en la mayoría de las ocasiones con alto contenido de grasas.
  • Comer en momentos pocos usuales a los horarios de comida.
  • Aumento de peso
  • Ir al refrigerador a escondidas o altas horas de la noche.
  • Tener en el cuarto recipientes vacíos de comida.
  • Puede encontrar golosinas o galletas en las gavetas o en el closet.
  • En ocasiones se siente lleno, pero necesita comer.
  • Sentimiento de culpa, después de comer.

Las emociones, el cerebro y la comida

Cuando estamos alegres generamos altos niveles de serotonina considerada “la hormona de la felicidad”, entonces al sentirnos tristes los niveles bajan y nuestro cuerpo puede obligarnos a pedir comida para volver a ese estado de alegría.

El sistema nervioso necesita glucosa y triptófano para sintetizar serotonina y garantizar el funcionamiento. Los niveles bajos de serotonina pueden provocar malestar, debilidad y temblores, sencillamente es lo que consideramos “mal humor” entonces recurrir a ciertos alimentos pueden aumentar los niveles de la hormona de la felicidad, tal es el caso del chocolate, pero tengamos presente que el kiwi, la naranja y también los frutos secos pueden aumentar los niveles de serotonina.

¿Qué hacer?

  • No lo regañe, trate de tener una conversación asertiva.
  • Ayúdelo a reconocer lo que esta pasando.
  • Pídale que lleve un diario de comida (anotar lo que come durante el día, horas y si hay una situación estresaste).
  • Trate de modelar hábitos alimenticios saludables.
  • Puede recurrir a un profesional de salud mental, para manejar las emocionar y controlar la ansiedad.

La sensación placentera que producen algunos alimentos pueden ser una vía de escape a diversas situaciones que nuestro hijo e hija puede estar pasando. Por consiguiente, como diría Freud “La ciencia moderna aún no ha producido un medicamento tranquilizador tan eficaz como lo son unas pocas palabras bondadosas”. Entonces siéntese, escuche, valore los pequeños intentos y sobre todo recompense con gestos, admiraciones y sobre todo con afecto.

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