22 Mar Por qué a algunos niños les cuesta más el recreo
En ocasiones pensamos que hay niños a los que simplemente “les cuesta el recreo” y que necesitan técnicas para manejarlo. Sin embargo, antes de pensar en estrategias, es importante entender qué está ocurriendo en ese espacio.
El recreo puede ser un entorno altamente demandante a nivel sensorial. Está lleno de ruido, movimiento constante, cambios rápidos y múltiples interacciones al mismo tiempo. Para algunos niños esto es estimulante, pero para otros puede resultar abrumador.
En ese contexto, el niño no solo tiene que jugar. Tiene que procesar estímulos, leer lo que ocurre a su alrededor, regular lo que siente y, al mismo tiempo, intentar interactuar con otros.
Cuando miramos el recreo desde esta perspectiva, deja de ser un momento simple. Se convierte en un espacio donde se ponen en juego múltiples habilidades al mismo tiempo, muchas de las cuales no se enseñan de forma directa.
El recreo no siempre es un momento simple
Cuando pensamos en el recreo, solemos verlo como un momento sencillo dentro de la jornada escolar. Un espacio para jugar, correr o descansar entre clases. Sin embargo, en la práctica clínica, el recreo aparece con frecuencia como uno de los momentos más desafiantes del día para muchos niños.
No es raro escuchar a padres decir que su hijo se queda solo, que no logra integrarse o que regresa a casa frustrado por lo que ocurre en ese espacio. En algunos casos, incluso prefieren evitar el recreo o buscan quedarse cerca de un adulto. Esto no es casualidad. El recreo es un entorno que, aunque parece libre y espontáneo, implica una alta demanda a nivel social, emocional y conductual.
Un entorno sin estructura, pero con muchas exigencias
A diferencia del aula, el recreo no tiene una estructura clara. No hay instrucciones definidas ni una actividad guiada constantemente por un adulto. En ese contexto, el niño tiene que resolver múltiples situaciones al mismo tiempo: cómo acercarse a otros, cuándo hacerlo, qué decir para integrarse, cómo sostener el juego y cómo reaccionar ante un rechazo o un cambio inesperado.
Además, estas decisiones deben tomarse en segundos, sin ensayo previo y en un entorno que cambia constantemente. El recreo combina ruido, movimiento, interrupciones y múltiples interacciones simultáneas. Para algunos niños esto resulta estimulante. Para otros, puede ser desorganizador.
Las habilidades que el recreo exige
Desde la neuropsicología del desarrollo sabemos que no todos los niños procesan este tipo de escenarios de la misma manera. El recreo exige habilidades que no siempre se enseñan de forma directa, pero que son fundamentales para la interacción social.
Por ejemplo, un niño con ansiedad puede sentirse abrumado por la incertidumbre o la cantidad de estímulos presentes. Un niño con TDAH puede tener dificultad para frenar su conducta, esperar turnos o ajustarse a las reglas implícitas del grupo. Un niño con dificultades sensoriales puede saturarse fácilmente con el ruido o el contacto físico. Y un niño con dificultades sociales puede no saber cómo iniciar una interacción, cómo mantenerse dentro del juego o cómo interpretar lo que los otros esperan.
Estas diferencias no hablan de capacidad, sino de cómo cada niño procesa la información del entorno y responde a ella.
Cuando el entorno supera los recursos del niño
En entornos muy demandantes, el cerebro prioriza la regulación por encima de la interacción social. En otras palabras, el niño no está pensando en jugar, sino en manejar lo que está sintiendo internamente.
En ese estado, es común que el niño se retire, observe desde afuera, evite participar o reaccione de manera impulsiva. También pueden aparecer conductas como interrumpir el juego, no respetar turnos o frustrarse con facilidad.
Muchas veces estas conductas se interpretan como falta de interés o como un problema de comportamiento. Sin embargo, en muchos casos lo que estamos observando es un desajuste entre lo que el entorno exige y los recursos que el niño tiene disponibles en ese momento. No es que no quiera participar, es que en ese contexto no logra sostenerlo.
Lo que el recreo nos permite observar
Entender esto cambia la forma en que acompañamos. El recreo no solo nos muestra si un niño juega o no; nos ofrece información valiosa sobre cómo está funcionando en lo social, lo emocional y lo regulatorio.
Por eso, más allá de preguntar con quién jugó, es importante observar con mayor detalle qué ocurre en ese espacio. Si sabe cómo acercarse a otros niños, si logra interpretar las señales del grupo, si puede mantenerse en el juego, si maneja los desacuerdos o si necesita apoyo para desarrollar estas habilidades.
En muchos casos, las dificultades sociales no se hacen evidentes en el aula, sino en estos espacios menos estructurados.
El recreo no es únicamente un descanso dentro del día escolar. Es un espacio donde los niños practican habilidades fundamentales para la vida, aunque estas no aparezcan en una calificación.
Ahí aprenden a integrarse, a negociar, a adaptarse y a manejar pequeños rechazos. Y cuando un niño tiene dificultades en ese momento, no se trata de exigirle que participe más, sino de ayudarlo a desarrollar las herramientas que necesita para hacerlo.
Porque participar en el recreo no es solo jugar. Es aprender a estar con otros.
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Dimas E. Villarreal P.
⚡️Psicólogo Clínico de niños y adolescentes/ Terapeuta
🖍Psicopedagogo
🤖Terapia de Juego
#HoyfuialPsicologo


