09 Ene Rumiación en la infancia
La rumiación en la infancia se observa cuando hay niños que se quedan atrapados en lo que les pasó. No porque exageren ni porque no quieran soltar, sino porque su mente sigue intentando entender algo que les dolió. Un comentario en la escuela, un error en una tarea, una mirada que interpretaron como rechazo. Desde afuera puede parecer que “le dan demasiadas vueltas”, pero por dentro lo que ocurre es activación emocional que no logra bajar.
La mente vuelve una y otra vez al mismo punto buscando certeza, alivio o control. Y en ese intento, se queda girando. Cuando el pensamiento no avanza, el cuerpo lo siente: tensión, cansancio mental, irritabilidad o bloqueo. No es dramatismo ni mala actitud. Es un sistema que no logra regularse solo.
¿Qué es la rumiación y cómo se forma?
El término rumiación fue formulado originalmente por Susan Nolen-Hoeksema, quien lo describió como un patrón de pensamiento repetitivo y pasivo centrado en el malestar emocional, sin avanzar hacia la resolución del problema. Su trabajo inicial se enfocó en depresión en adultos, pero con el tiempo la investigación mostró que este estilo cognitivo no es exclusivo de la adultez.
En la infancia, hablamos de rumiación cuando el pensamiento gira alrededor del error, la preocupación o la autocrítica sin producir alivio, y cuando el niño no logra salir del bucle por sí mismo. No se trata de reflexión ni de análisis útil. Es pensar sin salida.
Es importante subrayarlo: la rumiación no es una elección del niño ni una forma de manipulación. También puede aparecer en adultos; en la infancia, se manifiesta cuando el pensamiento se vuelve la principal vía disponible para manejar el malestar.
Por qué la rumiación se vive distinto en la infancia
En la infancia, pensamiento, emoción e identidad todavía no están claramente diferenciados. Un pensamiento doloroso no se observa desde afuera; se vive desde adentro. Por eso, ideas como “soy malo”, “nadie me quiere” o “siempre me equivoco” no se experimentan como pensamientos pasajeros, sino como verdades personales.
Cuanto más intenta el niño “arreglar” la idea pensando, más se activa el sistema emocional. Desde afuera puede parecer que se cierra; desde adentro el sistema está sobrecargado.
La rumiación infantil no es exceso de pensamiento, sino falta de salidas internas.
Rumiación no es sobrepensar
Antes de continuar, vale la pena aclarar algo importante: rumiar no es lo mismo que sobrepensar, aunque desde afuera puedan parecer lo mismo.
Sobrepensar suele implicar darle muchas vueltas a una situación, intentar entenderla mejor, anticipar lo que podría pasar o buscar una solución. A veces cansa y abruma, pero mantiene una intención: resolver, controlar o aclarar algo.
La rumiación es distinta.
No es pensar de más, sino quedarse atrapado en el pensamiento. Es un tipo de pensamiento que no avanza, no resuelve, no abre opciones y no logra bajar la emoción. En lugar de ayudar, mantiene activo el malestar.
Por eso, en la rumiación el pensamiento deja de cumplir una función reguladora y se convierte en un circuito cerrado. El niño vuelve una y otra vez a la misma idea, no porque quiera, sino porque no encuentra otra salida interna disponible.
Desde un punto de vista clínico, la diferencia es clara: sobrepensar intenta controlar la incertidumbre con pensamiento; rumiar es quedarse atrapado en el malestar a través del pensamiento.
Esto explica por qué la rumiación no alivia la emoción, sino que la prolonga, como ha señalado la investigación en psicología clínica. Pensar no baja la activación; la sostiene.
Lo que dice la evidencia en niños y adolescentes
La investigación actual confirma que la rumiación no es exclusiva de la adultez. Puede observarse desde la niñez media y, cuando se consolida como estilo cognitivo, se asocia a mayor vulnerabilidad emocional a lo largo del desarrollo.
Los estudios longitudinales muestran que este patrón no aparece de un día para otro, sino que se va organizando progresivamente a medida que el niño adquiere mayor capacidad de pensamiento abstracto, pero aún no cuenta con suficientes recursos de regulación emocional.
Investigaciones de seguimiento realizadas por Rood y colaboradores (2009) y por Mezulis et al. (2011) encontraron que la rumiación puede identificarse desde los 7–8 años y que tiende a incrementarse durante la adolescencia, especialmente en contextos de estrés académico, social o familiar. A esta edad, los niños ya pueden “pensar sobre lo que piensan”, pero todavía no saben cómo salir de un pensamiento doloroso una vez que entran en él.
Otros estudios han mostrado que los niños y adolescentes con estilos rumiativos presentan un mayor riesgo de ansiedad y depresión en el tiempo, no porque la rumiación cause directamente estos cuadros, sino porque mantiene activado el malestar emocional y reduce la flexibilidad para afrontarlo. Esto ha sido documentado en trabajos longitudinales de Hankin (2008) y de McLaughlin y Nolen-Hoeksema (2011), quienes describen la rumiación como un factor de vulnerabilidad transdiagnóstico.
Un punto clave lo aporta Watkins (2008): el pensamiento repetitivo no regula la emoción, la prolonga. Es decir, pensar una y otra vez en lo que duele no ayuda a que la emoción baje; al contrario, la mantiene activa. Esto encaja con lo que vemos en la clínica infantil: los niños regulan menos desde la lógica y más desde el cuerpo, la presencia y el vínculo. Cuando quedan atrapados solo en la mente, el sistema no encuentra descanso.
Cómo se manifiesta la rumiación en los niños
En los niños, la rumiación no aparece como un pensamiento complejo o verbalizado con claridad. Aparece como una experiencia interna que se atasca y que empieza a afectar al cuerpo, a la emoción y al comportamiento.
Cuando un niño rumia, su mente queda ocupada por una idea que no logra soltar. Esa idea puede ser un error, una escena social, una preocupación o una sensación de haber fallado. El problema no es el contenido, sino que el pensamiento se vuelve repetitivo y pierde flexibilidad.
A nivel interno, suelen ocurrir varias cosas al mismo tiempo:
- El pensamiento se vuelve rígido y circular: el niño vuelve una y otra vez a la misma idea sin llegar a una conclusión nueva.
- La emoción no baja: la ansiedad, la tristeza o la frustración se mantienen activas, incluso cuando el evento ya pasó.
- El cuerpo entra en tensión: aparecen cansancio mental, inquietud, molestias físicas o dificultad para relajarse.
- La atención se estrecha: al estar ocupado en su mundo interno, al niño le cuesta concentrarse en tareas nuevas o cambiar de foco.
- La autocrítica aparece rápido: pequeños errores se viven como señales de incapacidad o fracaso personal.
Desde afuera, esto puede verse como bloqueo, irritabilidad, desconexión o insistencia en el mismo tema. Pero por dentro, lo que ocurre es un sistema que quedó atrapado intentando regular el malestar solo con pensamiento.
Por eso, la rumiación en la infancia no es exageración ni dramatismo. Es la expresión de un cerebro que todavía no cuenta con suficientes recursos para salir de un bucle interno una vez que entra en él.
Tratamientos efectivos para la rumiación en la infancia
El abordaje de la rumiación en niños no busca eliminar pensamientos, sino modificar la relación que el niño tiene con ellos y reducir la activación emocional que los sostiene. Los tratamientos con mayor respaldo empírico coinciden en un punto central: no se discute el pensamiento, se acompaña al sistema completo.
Terapia Cognitivo Conductual
Las adaptaciones infantiles de la Terapia Cognitivo-Conductual ayudan a identificar el bucle rumiativo y a construir alternativas de afrontamiento más flexibles. En lugar de centrarse solo en “cambiar lo que piensa”, estas intervenciones trabajan sobre cómo el niño queda atrapado en una idea y qué señales corporales acompañan ese proceso. Estudios clínicos muestran efectos positivos en ansiedad y depresión infantil cuando la TCC se adapta al nivel evolutivo del niño (Kendall et al., 2016).
Terapia de Aceptación y Compromiso
Desde la Terapia de Aceptación y Compromiso, se enseña al niño a reconocer que un pensamiento es un evento mental, no una verdad absoluta ni una definición de quién es. Esta habilidad reduce la fusión entre pensamiento, emoción e identidad. En niños, suele trabajarse con metáforas, lenguaje externo y experiencias corporales, más que con explicaciones abstractas (Hayes et al., 2012; Tamar D. Black, 2021).
Activación conductual
El movimiento y la acción intencional cumplen un rol clave cuando el niño queda atrapado en la mente. Activarse físicamente, cambiar de contexto o iniciar una acción pequeña ayuda a bajar la activación emocional y a romper el circuito rumiativo. La evidencia reciente muestra que la activación conductual produce mejoras consistentes en el estado emocional de niños y adolescentes, incluso cuando el pensamiento sigue presente (Tindall et al., 2024).
Acompañamiento adulto consistente
Más allá de la técnica, el factor más potente es la presencia adulta. La validación sin confirmación, la escucha sin discusión y la capacidad del adulto para poner palabras donde el niño aún no puede son elementos centrales del tratamiento. Con el tiempo, esa voz externa se internaliza y se convierte en autorregulación. No se trata de apagar pensamientos, sino de no dejar al niño solo dentro de ellos
Cuando un niño queda atrapado en una idea, no necesita que se la quiten. Necesita no quedarse solo dentro de ella. Comprender la rumiación en la infancia no es poner una etiqueta, sino reconocer un proceso del desarrollo que requiere guía, vínculo y tiempo.
Pensar no debería doler. Y cuando duele, no se corrige: se acompaña.
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Dimas E. Villarreal P.
⚡️Psicólogo Clínico de niños y adolescentes/ Terapeuta
🖍Psicopedagogo
🤖Terapia de Juego
#HoyfuialPsicologo


