19 May ¿Por qué algunos niños evitan, explotan o se callan cuando algo duele?
Hay días en los que un hijo cambia y uno no sabe bien qué hacer. Antes hablaba más. Ahora se encierra, parece bravo por todo, se irrita rápido o simplemente dejó de contar cosas. Otros niños parecieran estar “bien”, pero algo en ellos dejó de sentirse igual.
Y entonces aparece una pregunta difícil, de esas que muchos padres se hacen en silencio:
¿Mi hijo se está portando mal… o algo le está costando por dentro?
Muchas veces esperamos que el dolor infantil se vea como tristeza. Imaginamos un niño llorando, buscando abrazos o diciendo claramente que algo le pasa. Pero el dolor en la infancia no siempre se presenta así. A veces aparece en forma de silencio, otras veces como enojo, discusiones o un simple “no quiero hablar”.
Y aquí hay algo importante que solemos olvidar: los niños también intentan protegerse cuando algo duele, solo que no siempre saben cómo hacerlo.
Desde la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) entendemos algo importante: cuando algo nos duele, tanto niños como adultos solemos encontrar maneras de manejar ese malestar. Javier Mandil, en ACT para niñas y niños, propone justamente revisar los caminos que solemos tomar frente a emociones difíciles y preguntarnos algo importante: ¿ese camino realmente nos ayuda a largo plazo? Muchas veces esas estrategias alivian por un momento, pero después terminan dejándonos más atrapados.
Cuando el dolor intenta esconderse
Hay niños que, cuando algo les duele, intentan alejarse de esa emoción. Dicen cosas como “no pasó nada”, “no quiero hablar” o “no quiero ir”. Desde afuera esto puede parecer desinterés, rebeldía o incluso indiferencia. Algunos padres sienten que su hijo se está alejando, cuando en realidad muchas veces está intentando protegerse de algo que todavía no sabe cómo manejar.
Evitar tiene sentido. El cerebro intenta bajar el malestar. El problema es que el dolor no desaparece; solo queda guardado. Y lo que queda guardado suele encontrar otras maneras de salir: más sensibilidad, irritabilidad, dolores de cabeza, dolor de estómago, dificultades para dormir o cambios en la conducta.
En esos momentos, muchas veces ayuda más decir: “No tienes que hablar ahora, pero estoy aquí cuando quieras.”
Que insistir constantemente con un: “Dime qué te pasa.”
Porque sentirse acompañado también regula.
Cuando el dolor sale en forma de enojo
Otros niños toman un camino distinto. No se callan ni evitan; pelean con lo que sienten. Se frustran más rápido, contestan mal, discuten más o parecen estar molestos por todo. Y aquí suele pasar algo: el adulto mira la conducta y rápidamente piensa “Se está portando mal.”
Pero a veces el enojo es simplemente una emoción más fácil de mostrar que la tristeza, el miedo o la vergüenza. Hay niños que todavía no saben decir: “Esto me dolió.”
Entonces la conducta termina diciendo lo que todavía no tiene palabras.
Esto no significa justificar cualquier comportamiento. Los límites siguen siendo importantes. Pero sí significa hacer una pausa antes de corregir y preguntarnos algo distinto:
¿Qué estará intentando manejar este niño por dentro?
A veces esa sola pregunta cambia completamente la forma de acompañarlo.
La conducta también puede ser un mensaje
Algo importante de entender es esto: no todo lo que vemos en un niño es el problema. Muchas veces la conducta es el intento de manejar algo que todavía no sabe explicar.
Un niño que se calla puede estar intentando ordenar algo difícil. Uno que evita puede estar tratando de protegerse. Uno que explota puede estar peleando con algo que le duele.
Por eso, antes de preguntarnos únicamente: “¿Cómo hago para que deje de actuar así?”
A veces ayuda preguntarnos:
“¿Qué estará necesitando este niño para atravesar esto?”
Porque la conducta muchas veces no es el problema. Es el lenguaje de algo que todavía no tiene palabras.
Entonces, ¿qué hacemos como padres?
La Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) no busca que un niño deje de sentir tristeza, miedo, frustración o enojo. Tampoco busca convencerlo rápidamente de que “todo está bien”.
El objetivo es algo mucho más humano: ayudar al niño a aprender que puede sentir algo difícil sin quedarse atrapado ahí. Poco a poco, con presencia, palabras y acompañamiento.
Aprendiendo algo tan simple, y tan difícil, como esto: “Esto duele… y aun así puedo seguir.”
Porque acompañar a un niño no siempre significa tener respuestas perfectas. Muchas veces significa algo más sencillo, aunque no necesariamente fácil: quedarse cerca mientras aprende a atravesarlo.
Compartir
Dimas E. Villarreal P.
⚡️Psicólogo Clínico de niños y adolescentes/ Terapeuta
🖍Psicopedagogo
🤖Terapia de Juego
#HoyfuialPsicologo


