23 Ene El sesgo de la negatividad
En consulta, muchas veces no llegan hablando de lo que lograron. Llegan con una frase, una escena, un momento incómodo que se quedó pegado. A veces es un error pequeño o una corrección, pero alcanza para que toda la experiencia se viva como negativa. Este patrón es conocido en psicología como el sesgo de la negatividad en niños y adolescentes.
Escucho frases como: “no hice nada bien”, “todo me salió mal”, “siempre me equivoco”.
No necesariamente después de algo grande. A veces basta un detalle, una corrección o una experiencia incómoda para que eso sea lo que quede.
Cuando me detengo a mirar con ellos, suele aparecer otra historia: Intentos, aprendizajes, avances que no estaban en el primer relato. Esto no ocurre por dramatización ni por falta de esfuerzo.
Qué es el sesgo de la negatividad
En psicología, este patrón comenzó a describirse hace décadas. Estudios clásicos sobre evaluación mostraron que la información negativa tiene un peso desproporcionado al momento de valorar una experiencia completa. Un solo error, una corrección o un detalle incómodo pueden dominar la evaluación global, incluso cuando hay múltiples elementos positivos presentes (Kanouse & Hanson, 1972).
A este fenómeno se le conoce hoy como sesgo de la negatividad y se considera un tipo de sesgo cognitivo: una forma en la que el cerebro procesa la información priorizando lo que salió mal por encima de lo que salió bien.
No es una elección consciente ni una forma “negativa” de pensar. Es una manera en la que el cerebro organiza la experiencia.
Qué ocurre a nivel cerebral
Este sesgo no se sostiene solo a nivel cognitivo. Tiene una base neurobiológica clara y explica por qué el sesgo de la negatividad en niños y adolescentes se vive con tanta intensidad.
Las experiencias negativas activan con mayor intensidad los circuitos emocionales del cerebro, en particular la amígdala, una estructura implicada en la detección de amenaza y en la consolidación de la memoria emocional. Cuando algo genera malestar, incomodidad o error, el cerebro lo registra con mayor fuerza y lo recuerda con más facilidad (LeDoux, 2000).
Además, estudios sobre memoria emocional muestran que los eventos con carga negativa se recuerdan con más detalle y permanecen más accesibles en el tiempo que los positivos, incluso cuando estos últimos fueron más frecuentes (Kensinger & Schacter, 2006).
A nivel atencional, los estímulos negativos también captan la atención de forma más rápida y automática, lo que contribuye a que se fijen con mayor fuerza en la experiencia y luego en la memoria (Öhman, Flykt & Esteves, 2001).
Por qué se siente más fuerte en la infancia
En niños y adolescentes, este efecto suele sentirse con mayor intensidad. El sistema emocional está altamente activo, mientras que las áreas encargadas de regular, poner en perspectiva y relativizar la experiencia aún se encuentran en desarrollo.
Esto hace que:
- un error opaque varios aciertos
- una corrección pese más que múltiples intentos
- lo que faltó se recuerde más que lo que sí se logró
No porque eso sea lo único que ocurrió, sino porque fue lo más activador emocionalmente (Casey, Jones & Hare, 2008).
Cuando el sesgo no se equilibra
El problema no es que el cerebro tenga este sesgo, sino cuando no recibe ayuda para equilibrarlo.
Si un niño no cuenta con espacios para:
- detenerse
- revisar su experiencia
- reconocer avances, por pequeños que sean
puede empezar a construir una mirada interna centrada casi exclusivamente en lo que salió mal. Con el tiempo, esto puede impactar en su confianza, en la forma en que se percibe a sí mismo y en su disposición a intentar nuevamente.
No se trata de falta de capacidad ni de actitud. Se trata de cómo el cerebro organiza la memoria emocional.
Nombrar lo que sí ocurrió
Ayudar a un niño a reconocer lo que sí logró no significa negar lo difícil ni minimizar el esfuerzo que implicó. Significa ofrecerle al cerebro una imagen más completa de la experiencia.
Cuando se nombra lo positivo:
- se amplía la memoria
- se reduce la rumiación
- se fortalece una autoimagen más realista
Preguntas simples, repetidas en distintos momentos, pueden marcar una diferencia:
- ¿qué sí pudiste?
- ¿qué intentaste, aunque no saliera perfecto?
- ¿qué fue distinto a otras veces?
No como un ejercicio forzado, sino como una pausa para integrar.
Una mirada clínica para acompañar
Cuando un niño se queda solo con lo negativo, no siempre necesita corrección. Muchas veces necesita un adulto que lo ayude a mirar con más amplitud.
El sesgo de la negatividad explica por qué el cerebro recuerda más lo malo. El acompañamiento adulto permite que el niño aprenda, poco a poco, a recordarse completo, no solo desde el error.
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Dimas E. Villarreal P.
⚡️Psicólogo Clínico de niños y adolescentes/ Terapeuta
🖍Psicopedagogo
🤖Terapia de Juego
#HoyfuialPsicologo


