20 Dic Los niños cargan más de lo que muestran
Hay niños tranquilos que nunca se quejan. Niños obedientes que hacen todo “como debe ser”. Niños que ríen, juegan, conversan… y aun así llevan un peso silencioso. Los adultos solemos pensar que, si no dicen nada, están bien. Pero en la infancia, el silencio no es ausencia de emoción: es falta de lenguaje para explicarla.
El mundo interno del niño va más rápido que sus palabras
Los niños sienten miedo, vergüenza, comparación, frustración o culpa, pero no saben nombrarlo. No tienen todavía las herramientas narrativas ni metacognitivas para traducir su mundo interno.
Desde la mentalización lo entendemos con claridad: el adulto necesita ayudar a “leer” lo que el niño aún no puede expresar (Fonagy & Target, 2002). La experiencia emocional va adelante; las palabras, atrás.
Los niños no esconden: se protegen
Cuando un niño guarda silencio, no es porque no sienta; es porque está intentando manejar solo algo que le pesa por dentro. El silencio, muchas veces, es una forma de protegerse del juicio, de la vergüenza o del miedo a preocupar a quienes quiere.
Un niño que calla puede estar:
- tratando de no decepcionar,
- evitando preocupar a sus padres,
- comparándose con otros,
- cargando exigencias internas,
- sintiéndose “menos”,
- intentando ser fuerte.
Esto es especialmente común cuando han aprendido, a través de miradas, tonos o silencios, que sus emociones “cansan”, “molestan” o “no son correctas”.
No es manipulación. Es supervivencia emocional.
El cuerpo habla antes que la boca
Cuando un niño no puede poner en palabras lo que siente, su cuerpo empieza a expresarlo por él. La emoción busca salida, y si no encuentra lenguaje, la encuentra en la conducta, en el sueño, en el apetito o en pequeñas reacciones que parecen “sin motivo”. Nada de esto es casualidad: es comunicación emocional en su forma más primaria.
Cuando la emoción no encuentra palabras, el cuerpo busca vías alternas:
- irritabilidad repentina,
- dolores de estómago o cabeza,
- llanto fácil,
- dificultad para dormir,
- explosiones pequeñas,
- evitación escolar,
- cambios en el apetito,
- bloqueos o congelamiento.
La Terapia cognitivo conductal (TCC) lo describe a través del modelo iceberg (Friedberg & McClure, 2015): lo visible es apenas una fracción de todo lo que ocurre por dentro.
El comportamiento es el síntoma; la emoción, el origen.
La ciencia lo explica: los niños procesan distinto
La corteza prefrontal, la parte encargada de regular, nombrar y organizar emociones, está en construcción. La amígdala, que detecta peligro, trabaja más rápido e intenso.
Por eso un niño puede vivir emociones profundas sin contar aún con las herramientas cognitivas para narrarlas. Es emoción sin lenguaje. Intensidad sin estructura.
Nuestro papel como adultos: mentalizar, sostener, traducir
Los niños necesitan adultos capaces de observar sin juzgar, poner palabras sin imponer, validar sin exagerar, mirar lo invisible, sostener lo que pesa y permitir que el niño exista sin miedo a sentir.
La presencia calma. La mentalización ordena. La validación libera.
Cuando un adulto mentaliza, el niño aprende a entender lo que siente sin miedo ni vergüenza.
Frases que abren espacios grandes
Algunas preguntas y frases pueden abrir una puerta interna que el niño no logra abrir solo:
- “¿Dónde lo sientes en el cuerpo?”,
- “Debe haberse sentido difícil”,
- “No tienes que cargar eso solo”,
- “Estoy contigo mientras lo resolvemos”.
El niño no necesita que resolvamos todo. Necesita saber que no está solo mientras aprende a entenderse.
Acompañar a un niño es ayudarlo a mirar adentro sin asustarse
Lo que el niño carga no desaparece ignorándolo. Desaparece cuando encuentra un adulto dispuesto a mirar con él. Los niños crecen más seguros cuando saben que lo invisible también importa: que lo que sienten, aunque no lo sepan decir, es válido, digno de atención y acompañable.
La infancia no es silenciosa. Solo necesita traductores.
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Dimas E. Villarreal P.
⚡️Psicólogo Clínico de niños y adolescentes/ Terapeuta
🖍Psicopedagogo
🤖Terapia de Juego
#HoyfuialPsicologo


