17 Feb ¿Cómo explicarle un diagnóstico a un niño?
Explicarle un diagnóstico a un niño no es una conversación cualquiera, porque no se trata solo de compartir información o de explicar algo técnico. Es un momento que toca directamente la forma en que el niño empieza a verse, a entenderse y a sentirse acompañado. Por eso, para muchos padres aparece la duda de si decirlo o no, de si será demasiado pequeño para entender o de si al ponerle un nombre a lo que le pasa existe el riesgo de que esa palabra termine limitándolo más de lo que lo ayuda.
Estas preguntas son naturales y no hablan de inseguridad, sino de cuidado. Parten de una preocupación legítima: proteger emocionalmente a un hijo.
Los niños ya están intentando entenderse
Aunque no se les diga nada de forma directa, los niños perciben más de lo que imaginamos. Notan cuando algo les cuesta más, cuando reciben más correcciones, cuando van a evaluaciones o cuando los adultos hablan entre ellos con cautela.
Cuando no reciben una explicación clara, igual intentan entender lo que les pasa, y muchas veces esas explicaciones internas no son amables. Algunos niños llegan a pensar que son el problema, que no son capaces o que algo está mal con ellos.
Por eso, el silencio no siempre protege. En muchos casos, una explicación cuidada, sencilla y a tiempo es lo que realmente ofrece seguridad.
Más que una palabra, una explicación
El problema no es el diagnóstico en sí, sino cómo y cuándo aparece. Un diagnóstico puede ser una herramienta útil porque ayuda a ordenar, a comprender y a buscar apoyos adecuados. Sin embargo, cuando llega demasiado pronto, sin contexto, o se presenta como algo que define al niño, puede volverse pesado.
No todos los niños están listos para escuchar una etiqueta, pero todos están listos para entender cómo funcionan. Antes de hablar de nombres, conviene hablar de experiencias, de lo que el niño vive, siente y necesita en su día a día.
¿Y si como padre no quiero decírselo?
No todos los padres están listos para ponerle palabras a lo que ocurre, y eso también merece ser dicho. A veces el miedo no es al diagnóstico en sí, sino al impacto que pueda tener en el niño: que se sienta distinto, que se limite o que cargue con una palabra demasiado grande para su edad. En muchos casos, la decisión de no decirlo no nace de la negación, sino del cuidado.
Elegir no nombrar un diagnóstico no significa abandonar al niño ni dejarlo solo. Puede significar que el adulto necesita más tiempo para entender, ordenar y procesar antes de explicar. Y ese tiempo también puede ser parte del acompañamiento, siempre que no se transforme en silencio absoluto.
Lo importante es recordar que, aunque no se diga el nombre, el niño igual necesita una explicación. Si no se habla del diagnóstico, se puede hablar del funcionamiento. Se puede explicar por qué algo cuesta más, por qué necesita ciertos apoyos o por qué a veces se siente distinto o más cansado.
Lo que no se explica con palabras, el niño intenta explicarlo solo, y ahí es donde pueden aparecer ideas más duras que la realidad.
No decir, todavía puede ser una decisión válida si va acompañada de presencia, coherencia y mensajes claros de seguridad. El riesgo no está en postergar el nombre, sino en dejar al niño sin marco, sin explicación y sin un adulto disponible para ordenar lo que vive. El silencio que cuida es distinto al silencio que deja solo.
La edad cambia la forma de explicar, no la necesidad de hacerlo
La edad importa, porque no todos los niños entienden ni preguntan de la misma manera. La explicación no se elimina, se adapta.
En niños menores de 5 años
En esta etapa no hablamos de diagnósticos ni de dificultades como algo “propio del niño”. Los niños pequeños entienden el mundo a través de lo que sienten y de lo que ocurre a su alrededor, por lo que la explicación debe centrarse en el aquí y ahora. Poner palabras a sensaciones y conductas visibles, emociones que llegan muy fuerte, cuerpos que se mueven mucho, momentos en los que cuesta calmarse y suele ser suficiente. Lo importante no es explicar el porqué, sino transmitir seguridad: hay adultos que entienden lo que pasa y están ahí para ayudar.
En niños en edad preescolar
Los niños siguen necesitando explicaciones simples y concretas. Conviene hablar de lo que ocurre de forma cotidiana, sin tecnicismos, usando ejemplos cercanos. Hablar de cómo funciona su cuerpo y de qué cosas los ayudan suele ser más protector que introducir una etiqueta.
En niños en edad escolar
Aparecen las comparaciones y las preguntas. Quieren entender por qué algo les cuesta más o por qué se sienten distintos. Aquí es importante responder de forma clara y honesta, sin sobrecargar la explicación. Comprender cómo funciona lo que les pasa es más importante que saber cómo se llama.
En adolescentes
El silencio suele pesar más que la explicación. Los adolescentes ya traen ideas previas y pueden manejar conversaciones más complejas. Lo que más ayuda es un diálogo abierto, donde puedan preguntar y sentirse escuchados. Nombrar un diagnóstico puede ser útil si aparece dentro de una comprensión más amplia de su funcionamiento, sus fortalezas y aquello que no define quiénes son.
Esto no habla de quién es, sino de cómo funciona
Una idea central para transmitirle a un niño es que el diagnóstico no define quién es. No responde a la pregunta “quién soy”, sino a “qué necesito”. Funciona como un mapa que orienta y ayuda a encontrar apoyos, no como una etiqueta que encierra. Cuando el niño entiende esto, la información deja de sentirse amenazante y empieza a tener sentido.
Empezar por el funcionamiento abre camino
Antes de nombrar cualquier diagnóstico, es importante ayudar al niño a reconocer cómo funciona: cómo aprende, cómo se organiza, cómo reacciona cuando algo se vuelve exigente, qué cosas se le dan bien y qué apoyos lo ayudan. Cuando el niño se reconoce primero, el diagnóstico no llega como algo que lo define, sino como una forma de entender mejor lo que ya sentía.
Explicar también es acompañar
Explicar no es cargar al niño con información innecesaria ni adelantar procesos para los que no está listo. Explicar es ordenar su experiencia, disminuir la culpa, bajar la confusión y transmitirle que no hay nada roto en él y que no tiene que poder con todo solo. Entender lo que le pasa le permite sentirse más seguro para pedir ayuda cuando la necesita.
Antes de preguntarnos si decir o no un diagnóstico, vale la pena detenernos en algo más importante: si el niño entiende lo que le pasa, si sabe que no está fallando y si siente que hay adultos disponibles para acompañarlo. No se trata de decirlo todo de una vez ni de no decir nada. Se trata de que el niño no tenga que explicarse solo lo que le pasa.
Cuando eso está claro, si aparece una palabra para nombrar lo que ocurre, no limita. Ayuda.
Historias para niños ⚡️
Estas historias están pensadas para acompañar a los niños, niñas y adolescentes cuando poner palabras resulta difícil. No explican diagnósticos ni buscan corregir conductas; ayudan a entender lo que pasa por dentro, a sentirse seguros y a no quedarse solos con sus preguntas.
Categoría: Regulación emocional y corporal
Historia 1: El elefante que sentía todo fuerte
Para niños que viven las emociones con mucha intensidad y necesitan aprender a reconocerlas sin sentirse “demasiado”.
Historia 2: La ardilla que no podía quedarse quieta
Para niños cuyo cuerpo necesita moverse para poder concentrarse y regularse.
Historia 3: El perezoso que se quedaba sin energía
Para niños que llegan agotados, se saturan rápido o parecen “bien afuera” y colapsan en casa.
Historia 4: El día que nada me salió bien
Para niños que se frustran, se bloquean o sienten que ya no pueden cuando algo no resulta.
Categoría: Ritmo, atención y aprendizaje
Historia 5: La tortuga que pensaba más despacio
Para niños que necesitan más tiempo para procesar, responder o terminar tareas.
Historia 6: El zorro que entendía las cosas de otra manera
Para niños que aprenden distinto y necesitan descubrir su propia forma de comprender.
Historia 7: El mapache que entendía mejor con dibujos
Para niños que procesan mejor lo visual que lo verbal.
Categoría: Sensorial/perfil del espectro
Historia 8: El camaleón que veía colores que otros no veían
Para niños con alta sensibilidad sensorial o formas distintas de percibir el entorno.
Historia 9: El caracol que necesitaba su madriguera
Para niños que se saturan y necesitan retirarse para regularse.
Historia 10: El loro y la ciudad que hablaba muy rápido
Para niños que se abruman con demasiadas palabras, ruidos o estímulos auditivos.
Categoría: Seguridad, rutina y cambios
Historia 11: La hormiguita que necesitaba saber qué venía después
Para niños que necesitan anticipación y estructura para sentirse seguros.
Historia 12: El conejito que hacía lo mismo para sentirse seguro
Para niños que usan la repetición, las rutinas o los mismos intereses como regulador.
Historia 13: El día en que todo cambió sin aviso
Para niños que se desorganizan ante cambios inesperados.
Categoría: Emociones, comunicación e identidad
Historia 14: El idioma secreto de las emociones
Para niños que sienten muchas cosas por dentro y no siempre saben cómo decirlas.
Historia 15: El caracol que hablaba despacio
Para niños que se expresan más con silencios y gestos que con palabras.
Categoría: Vínculo social y autoestima
Historia 16: El juego que no siempre entendía
Para niños que se sienten perdidos en el juego social o prefieren jugar distinto.
Historia 17: Cuando todos parecían ir más rápido
Para niños que se comparan y sienten que van “atrasados”.
Categoría: Entornos demandantes
Historia 18: El lugar donde había demasiadas cosas al mismo tiempo
Para niños que viven la escuela como un entorno saturante y exigente.
Abierto para trabajar con creatividad en casa
Historia 19: El mapa que no decía quién eres
Historia 20: El cuento que seguimos escribiendo juntos
Recuerda: los niños no necesitan explicaciones perfectas, necesitan adultos disponibles que los ayuden a entenderse poco a poco.
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Dimas E. Villarreal P.
⚡️Psicólogo Clínico de niños y adolescentes/ Terapeuta
🖍Psicopedagogo
🤖Terapia de Juego
#HoyfuialPsicologo


