11 Ago Funciones de la conducta
Cuando un niño grita, se niega a hacer la tarea, empuja a un compañero o hace una rabieta, la primera pregunta que suele aparecer es: ¿Por qué hizo eso? Es una reacción completamente natural. Padres y docentes intentan encontrar una explicación rápida para lo que acaba de ocurrir y, con frecuencia, concluyen que el niño es desafiante, desobediente o simplemente “quiere llamar la atención”.
Sin embargo, desde la psicología del comportamiento existe una pregunta que suele aportar mucha más información: ¿Qué está consiguiendo con esa conducta? Este cambio de perspectiva constituye la base del análisis funcional de la conducta, un enfoque que propone comprender la función que cumple un comportamiento antes de decidir cómo intervenir (Skinner, 1953; Cooper et al., 2020).
Las conductas cumplen una función
Uno de los principios fundamentales del análisis del comportamiento es que las conductas rara vez aparecen por casualidad. Generalmente se mantienen porque producen consecuencias que resultan útiles para quien las realiza. Comprender esa función no busca justificar una conducta inapropiada, sino entender por qué continúa ocurriendo y qué habilidades necesita desarrollar el niño para responder de una forma diferente (Carr, 1977; Hanley, 2012).
Esto significa que, antes de preguntarnos cómo eliminar un comportamiento, conviene preguntarnos qué necesidad está resolviendo. Muchas veces esa respuesta cambia por completo la manera de ayudar.
Una misma conducta puede tener significados diferentes
Uno de los errores más frecuentes es asumir que una conducta siempre significa lo mismo. En realidad, dos niños pueden mostrar exactamente el mismo comportamiento por razones completamente distintas.
Imaginemos a dos niños que lloran cuando comienza la tarea escolar. Desde afuera ambos parecen reaccionar igual. Sin embargo, uno puede estar intentando evitar una actividad que le resulta demasiado difícil, mientras que el otro busca la cercanía y el apoyo del adulto porque necesita sentirse acompañado. El comportamiento es el mismo, pero la función que cumple es diferente. Cuando cambia la función, también debería cambiar la intervención.
Por eso, comprender la conducta implica mirar más allá de lo que el niño hace y preguntarnos qué está obteniendo o qué está evitando con ese comportamiento.
Las cuatro funciones principales de la conducta
Desde el análisis aplicado de la conducta se describen cuatro funciones principales que explican gran parte de los comportamientos observados en niños y adolescentes (Cooper et al., 2020).
1. Escapar o evitar
En ocasiones, la conducta ayuda al niño a alejarse de algo que le resulta difícil, incómodo o frustrante. Puede negarse a hacer una tarea, levantarse constantemente de la silla, distraerse con cualquier objeto o comenzar una discusión justo antes de iniciar una actividad académica.
Esto no significa necesariamente que quiera desobedecer. Muchas veces está intentando evitar una situación para la que todavía no dispone de las habilidades suficientes o que le genera un nivel elevado de malestar.
Antes de insistir en que continúe con la actividad, vale la pena preguntarse qué hace que esa tarea resulte tan difícil para él y qué apoyos podrían facilitarle afrontarla.
2. Obtener atención
La atención es una necesidad humana básica. Todos necesitamos sentirnos vistos, escuchados y tenidos en cuenta. Los niños no son la excepción.
En algunos casos descubren que determinadas conductas hacen que los adultos los miren, les hablen o interactúen con ellos. Es importante recordar que la atención no siempre es positiva. Un regaño, una discusión o una corrección constante también representan formas de atención y, dependiendo del contexto, pueden mantener un comportamiento.
Esto no significa que el niño manipule a los adultos. Con frecuencia está intentando conseguir conexión de la única manera que conoce en ese momento.
3. Conseguir algo
Otra función frecuente consiste en obtener un objeto o acceder a una actividad deseada. Puede tratarse de un juguete, el celular, un dulce, más tiempo para jugar o cualquier otra experiencia que resulte reforzante para el niño.
Cuando una conducta produce repetidamente el resultado esperado, aumenta la probabilidad de que vuelva a aparecer en situaciones similares. Este principio forma parte de los procesos básicos del aprendizaje descritos por la psicología del comportamiento (Skinner, 1953).
Comprender esta función permite revisar no solo la conducta del niño, sino también las respuestas del entorno que, sin intención, pueden estar reforzándola.
4. Regularse
No todas las conductas buscan obtener algo del ambiente. Algunas ayudan al propio niño a regular su nivel de activación física o emocional.
Correr, balancearse, mover constantemente las piernas, hacer sonidos repetitivos o morder objetos pueden servir para disminuir el malestar, mantenerse alerta o recuperar la calma. En estos casos, la conducta no necesariamente busca molestar a los demás; puede representar el mejor recurso que el niño tiene disponible para autorregularse.
Esta función cobra especial importancia en niños con dificultades en las funciones ejecutivas, trastornos del neurodesarrollo o problemas de regulación emocional. En estos casos, comprender la función de la conducta permite diseñar estrategias que favorezcan la autorregulación en lugar de limitarse a intentar eliminar el comportamiento (Barkley, 2021).
Comprender no significa justificar
Una preocupación frecuente de padres y docentes es pensar que comprender la función de una conducta implica justificarla. No es así.
Comprender una conducta no elimina los límites, las normas ni las consecuencias. Lo que cambia es la forma de intervenir.
Si un niño empuja para conseguir un juguete, el objetivo no es aceptar que empuje. El objetivo es enseñarle otras maneras de pedir turnos, esperar o expresar lo que necesita. Si evita constantemente la tarea porque le resulta demasiado difícil, probablemente primero necesite apoyos que hagan esa actividad más accesible antes de esperar que la realice de forma independiente.
En otras palabras, el foco deja de estar únicamente en eliminar una conducta y pasa a desarrollar habilidades que permitan al niño alcanzar el mismo objetivo de una forma más adaptativa.
Cambiar la pregunta cambia la intervención
Con frecuencia nos concentramos únicamente en lo que el niño hace y olvidamos preguntarnos por qué esa conducta continúa apareciendo. Sin embargo, cuando comprendemos la función que cumple un comportamiento, dejamos de reaccionar solamente a lo que vemos y empezamos a intervenir sobre aquello que realmente lo mantiene.
La próxima vez que observes una conducta que te preocupe, prueba a cambiar la pregunta. En lugar de pensar únicamente ¿Por qué hizo eso?, pregúntate ¿Qué está consiguiendo con esa conducta?.
En muchas ocasiones, esa pequeña diferencia será el primer paso para comprender mejor al niño y construir intervenciones más eficaces, respetuosas y basadas en evidencia.
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Dimas E. Villarreal P.
⚡️Psicólogo Clínico de niños y adolescentes/ Terapeuta
🖍Psicopedagogo
🤖Terapia de Juego
#HoyfuialPsicologo


