02 Mar Hacer amigos se aprende, no se improvisa
Hay niños que quieren amigos, pero no saben cómo empezar. Miran el recreo, observan los grupos, ensayan una frase en la cabeza… y se detienen. No es falta de interés. No es mala actitud. Y muchas veces tampoco es timidez. Es falta de entrenamiento.
Durante años hemos repetido que los amigos aparecen solos, que las amistades simplemente “se dan”. Pero hacer amigos implica habilidades específicas: saber acercarse sin invadir, saber iniciar una conversación breve, saber interpretar el tono del otro, saber pedir permiso para unirse y, algo muy importante, saber tolerar un “no” sin convertirlo en “nadie quiere jugar conmigo”.
Nada de eso es automático. Todo eso se aprende.
El recreo también tiene códigos
Hace poco, en consulta, un papá me contaba que a su hijo lo saludaron en el colegio con un “¿Qué xopa?”. En la misma semana, otro papá me dijo que a su hijo le dijeron “¿Qué pasó, bro?” (expresiones muy panameñas y cotidianas entre niños). En ambos casos, el niño se quedó congelado. No supo si era una burla, una pelea o una invitación amistosa. Se quedó sorprendido, en silencio, intentando entender qué significaba aquello. Cuando quiso responder, el momento ya había pasado.
El problema no era el saludo. El problema era que nadie le había enseñado ese código social.
El recreo es un laboratorio social sin instrucciones. No hay guion, no hay adulto mediando cada interacción. Todo ocurre rápido: palabras, bromas, miradas, gestos. Algunos niños descifran esos códigos con facilidad. Otros necesitan que alguien se los traduzca.
Y ahí es donde los padres pueden hacer una diferencia enorme.
Entrenar en casa cambia la experiencia
Entrenar no significa forzar personalidad ni convertir al niño en alguien que no es. Significa darle herramientas. Podemos jugar a qué mamá o papá entran al cuarto y dicen: “¿Qué xopa?” o “¿Qué pasó, bro?”. Luego preguntar: “¿Qué crees que significa? ¿Cómo podrías responder?” Y ensayar respuestas simples: “Todo bien.” “Aquí ando.” “¿Y tú?”
Parece pequeño, pero para un niño que se paraliza ante lo inesperado, practicar en un entorno seguro cambia completamente la experiencia en el entorno real.
También podemos entrenar cómo acercarse a un grupo. Practicar frases como “¿Qué están jugando?” o “¿Puedo jugar un ratito?”. Ensayar qué hacer si dicen que no. Incluso simular un pequeño rechazo y acompañar la emoción que aparece. Porque hacer amigos no solo implica iniciar, también implica regular lo que se siente cuando la respuesta no es la esperada.
Cuando entrenamos en casa, el cerebro no llega al recreo en blanco. Llega con un pequeño mapa.
No basta con decir “ve y haz amigos”
Muchos niños no fracasan socialmente porque no quieran amigos. Fracasan porque enfrentan situaciones sociales complejas sin haberlas practicado antes. Hacer amigos no es cuestión de suerte ni de carisma innato. Es una habilidad social entrenable.
Algunos niños la adquieren de forma espontánea. Otros necesitan que alguien la modele paso a paso. Ninguna de las dos cosas define su valor. Pero sí define cuánto apoyo necesitan para sentirse parte.
Quizás el cambio más importante ocurre cuando dejamos de decir “ve y haz amigos” y empezamos a decir “vamos a practicar cómo hacerlo”. Esa diferencia, aunque parezca pequeña, transforma la experiencia social de un niño.
Si tu hijo se queda congelado ante un saludo inesperado, no es desinterés. No es falta de ganas. Es que aún está aprendiendo el idioma social. Y como cualquier idioma, se puede enseñar.
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Dimas E. Villarreal P.
⚡️Psicólogo Clínico de niños y adolescentes/ Terapeuta
🖍Psicopedagogo
🤖Terapia de Juego
#HoyfuialPsicologo


