17 Jun Un cerebro alterado no aprende ni escucha igual
Hay momentos en los que los adultos hablamos más precisamente cuando los niños menos pueden escucharnos.
Sucede después de una rabieta, una discusión entre hermanos, una mala nota o una conducta que nos preocupa. Intentamos explicar, corregir, razonar y enseñar. Queremos que comprendan lo ocurrido para que no vuelva a repetirse. Sin embargo, mientras más insistimos, más parece alejarse la conversación.
Muchas veces interpretamos esto como desobediencia, desafío o falta de interés. Pero la realidad suele ser más compleja. Lo que observamos en la conducta es apenas la superficie de algo que está ocurriendo a un nivel más profundo: el sistema nervioso del niño está intentando recuperar el equilibrio.
Cuando las emociones toman el control
La conducta suele captar toda nuestra atención. Vemos el llanto, el grito, la oposición o la impulsividad y asumimos que ahí está el problema. Sin embargo, detrás de muchas conductas difíciles encontramos frustración, miedo, vergüenza, ansiedad, cansancio o una acumulación de tensiones que el niño todavía no sabe cómo manejar.
Cuando un niño se siente sobrepasado emocionalmente, gran parte de su energía deja de estar disponible para aprender, escuchar o reflexionar. En esos momentos, su prioridad no es comprender una explicación ni analizar las consecuencias de sus actos. Su prioridad es recuperar una sensación de seguridad.
Quizás por eso tantas conversaciones terminan convirtiéndose en discusiones. Los adultos intentamos enseñar justamente cuando el niño tiene menos recursos emocionales para aprender.
El cerebro aprende mejor cuando se siente seguro
Durante años se pensó que aprender dependía principalmente de recibir información. Hoy sabemos que el aprendizaje involucra procesos mucho más complejos. Para comprender una explicación, recordar una instrucción o reflexionar sobre una conducta, un niño necesita poner en marcha habilidades como la atención, la memoria de trabajo, el control de impulsos y la flexibilidad cognitiva.
Estas capacidades son especialmente sensibles al estrés.
Stephen Porges, creador de la Teoría Polivagal, plantea que nuestro sistema nervioso evalúa constantemente si estamos en un entorno seguro o amenazante. Cuando percibe peligro, la prioridad cambia. El organismo deja de enfocarse en aprender y dirige sus recursos hacia la protección y la supervivencia (Porges, 2011).
Esto ayuda a entender por qué un niño puede conocer perfectamente una regla y aun así no actuar de acuerdo con ella en un momento de alta activación emocional. No siempre se trata de que no quiera escuchar. A veces simplemente no puede acceder a las habilidades que normalmente sí tiene disponibles.
La regulación viene antes que el razonamiento
Uno de los principios más importantes del desarrollo infantil es que la regulación precede al razonamiento.
Antes de pedirle a un niño que reflexione sobre lo ocurrido, asuma responsabilidades o encuentre una solución, necesita recuperar cierto nivel de estabilidad emocional. Bruce Perry ha señalado que el cerebro aprende de forma más efectiva cuando primero recupera la regulación y la sensación de seguridad, y después puede acceder a procesos más complejos relacionados con el pensamiento y el aprendizaje (Perry, 2006).
Esto no significa evitar límites ni justificar conductas inapropiadas. Tampoco significa que los niños no deban hacerse responsables de sus acciones. Significa comprender que existe un momento más adecuado para enseñar.
Cuando el nivel de activación disminuye, aumenta la capacidad para escuchar, comprender y aprender de la experiencia.
El papel del adulto en la calma del niño
Los niños no nacen sabiendo cómo regular emociones intensas. Esa capacidad se desarrolla progresivamente a través de las experiencias que tienen con los adultos que los acompañan.
Cuando un adulto logra mantenerse calmado durante una situación difícil, transmite seguridad incluso en medio del conflicto y ofrece una presencia estable, está haciendo mucho más que contener una conducta. Está ayudando al niño a desarrollar habilidades de regulación emocional.
A este proceso se le conoce como co-regulación.
Diversos enfoques terapéuticos centrados en la infancia, como Theraplay y la Terapia de Juego Centrada en el Niño, destacan la importancia de la conexión emocional y de las relaciones seguras para el desarrollo infantil. La investigación en terapia de juego ha mostrado consistentemente que los niños crecen y se desarrollan mejor cuando experimentan relaciones caracterizadas por aceptación, seguridad y conexión emocional (Bratton, Ray y Landreth, 2010).
En otras palabras, antes de que un niño pueda aprender a calmarse solo, necesita haber vivido muchas experiencias en las que alguien le ayudó a hacerlo.
Mirar más allá de la conducta
Quizás uno de los cambios más importantes que podemos hacer como padres, madres o cuidadores es dejar de preguntarnos únicamente cómo corregir una conducta y empezar a preguntarnos qué necesita ese niño para volver a estar disponible para aprender.
La próxima vez que tu hijo esté llorando, discutiendo o reaccionando de una manera que no entiendes, intenta mirar más allá de lo que está ocurriendo en la superficie.
Tal vez no estés frente a un niño que no quiere escuchar.
Tal vez estés frente a un niño cuyo cerebro está intentando recuperar el equilibrio.
Porque cuando las emociones toman el control, aprender deja de ser la prioridad.
Y por eso, un cerebro alterado no aprende ni escucha igual.
Compartir
Dimas E. Villarreal P.
⚡️Psicólogo Clínico de niños y adolescentes/ Terapeuta
🖍Psicopedagogo
🤖Terapia de Juego
#HoyfuialPsicologo


